En un 80% de los casos, la conducta agresora no está ligada al consumo de alcohol o drogas, que, en todo caso, lo que harían no es marcar una pauta de comportamiento agresivo, sino desinhibir sus impulsos en un momento determinado. Un maltratador alcohólico tiene dos problemas, y cada uno con un abordaje diferente.

El maltratador no es una persona agresiva de forma habitual, sino que ejerce la violencia sólo contra su mujer e hijos, y otra, distinta, impecable, fuera del entorno familiar. Su capacidad de simulación es tal que, al menos en un principio, suele engañar a familiares, vecinos, policías, médicos, etc. Es decir, el maltratador sabe muy bien lo que hace. Se cree en el derecho “natural” de someter y degradar a su pareja. Es celoso, posesivo y controlador.

Una característica del maltrato es la negación de esta conducta por parte del maltratador, fundamentalmente usadas para eludir la responsabilidad.

También, y en contra de lo que pueda parecer, la mayor parte de los agresores no son enfermos mentales, éstos representan solo un 20%; sin embargo, en todos los casos aparecen alteraciones psicológicas en el ámbito del control de la ira, la empatía y la expresión de emociones, así como en las cogniciones sobre la mujer y la relación de pareja, y la habilidad de comunicación y de solución de problemas.

En los maltratadores existen celos patológicos frente a la pareja e hijos, que son un tema importante, porque habitualmente desencadenan la mayor parte de los homicidios; pueden ser: “pasionales”, surgidos de la inseguridad de perder a la pareja, o “delirantes”, surgidos de la certeza absoluta que tiene el sujeto de que es engañado, siendo falso objetivamente. Tanto unos como otros, en sujetos que no tienen habilidad para la comunicación, y que tienen una baja autoestima, son suficientes para, en un momento de gran tensión emocional, desencadenar la ira. Por eso, aparecen más frecuentemente cuando la mujer se separa o intenta rehacer su vida.

Merecidamente, ellos sufren las consecuencias de su propio código patriarcal, que son:

- Incapacidad para vivir una intimidad gratificante con su pareja.

- Riesgo de pérdida de esposa e hijos.

- Riesgo de detención y condena.

- Aislamiento y pérdida de reconocimiento social.

- Sentimientos de fracaso, frustración y resentimiento.

- Rechazo familiar social.

- Dificultad para tomar conciencia del problema y, por tanto, para pedir ayuda.

Los trastornos de personalidad que se implican con más frecuencia en la violencia de género son:

o Trastorno antisocial de la personalidad o psicopatía, caracterizado por una conducta con tendencia a saltarse las normas sociales, deshonestidad, despreocupación por los sentimientos de los demás, falta de capacidad de empatía, incapacidad para sentir culpa, ausencia de remordimientos y predisposición a culpar a los demás.

o Trastorno boderline de la personalidad, caracterizado por un comportamiento impulsivo, con inestabilidad emocional, sentimientos de vacío, conductas encaminadas a evitar el abandono real o imaginario de los demás, y haciendo de sus relaciones interpersonales una fuente de conflicto.